4 de noviembre de 2011

SERES HUMANOS y ECOSISTEMAS URBANOS

San Diego
Las similitudes entre capitalismo y naturaleza son sorprendentes. A pesar de que el capitalismo es un invento propio del hombre, su finalidad es proporcionar un marco de actuación que permita a los humanos medrar. La economía de mercado son las reglas del juego en las que se desenvuelven nuestras vidas. Del mismo modo, en los ecosistemas hay unas reglas de juego que permiten la interacción entre los distintos seres vivos y el medio.

El capitalismo logró imponerse al comunismo porque es un sistema que emula fielmente el modo de operar de la naturaleza, mientras que el comunismo podríamos calificarlo, sin miedo a equivocarnos, como un sistema "antinatural". En la economía de mercado existe competencia entre empresas, productos y trabajadores, la misma competencia que se observa en un ecosistema natural en el que cada contendiente se juega su sustento, su prole y hasta su propia vida en el biotopo en el que le ha tocado vivir. Por el contrario, en un sistema comunista se elimina toda posible competencia de forma totalmente artificial. Todas las propiedades son del estado y, hasta el trabajo que uno desempeña está determinado por el estado. En esas condiciones producir más es equivalente a producir menos, hacer productos de mejor calidad, no supone ninguna ventaja que vaya a repercutir en el nivel de vida del trabajador que las fabrica. El resultado es que todos los ciudadanos de los sistemas comunistas tienden a producir lo mínimo posible (vease Cuba), y que la calidad de su trabajo deje mucho que desear. Al fin y al cabo, ¡no es asunto de su incumbencia!
Típico modelo ruso (Lada) de los años ochenta.
Todo lo contrario observamos en un sistema capitalista, en el que producir más, y con mejor calidad, supone un mayor sueldo y mejores condiciones de vida. La feroz competencia entre productos de distintas marcas, que tratan de abrirse un hueco en el mercado y responder mejor a los deseos de los compradores, permitió, por ejemplo, que los automóviles capitalistas fueran muy superiores a los comunistas (ver imágenes). Este es un ejemplo que suelo utilizar por lo gráfico que resulta a un solo golpe de vista, pero realmente hay que extrapolarlo a todos los productos que se fabricaron en la antigua CCCP, desde computadoras, hasta herramientas de labranza, todo era de pésima calidad. Es por este motivo que los sistemas comunistas terminan recurriendo a la represión y el miedo. Cuando las personas no trabajan en pos de conseguir un objetivo para sí mismos, lo único que puede incentivar su trabajo, y la calidad del producto, es el temor a la represión. Pero eso impide cualquier atisbo de evolución tecnológica, social y humana, al cercenar el esperitud emprendedor y la iniciativa.
"Asqueroso" coche capitalista de 1986.


Iphone5 comunista.
Otra semejanza entre los sistemas capitalistas y la naturaleza es el papel que desempeña el dinero. El dinero es otra invención humana que hace las veces de moneda de transferencia energética. El dinero, en ese sentido, tiene el mismo papel en nuestros ecosistemas sociales, que cumple la energía en la cadena trófica animal, es lo que nutre nuestra economía. Igualar dinero y energía es fundamental para entender el modo de operar del capitalismo. Cuando un depredador carnívoro sale de cacería, lo hace para conseguir alimento (energía) para la supervivencia de su camada y la suya propia. Del mismo modo,  cuando un trabajador recibe su salario al final de mes, obtiene energía que puede ser transformada a voluntad en: alimentos, transporte, ropa y cobijo. De hecho nuestro ecosistema capitalista ha evolucionado más allá de lo esperado hasta que cualquier objeto de deseo es comprado con dinero, el sexo, las comunicaciones interpersonales, el ocio, todo está regido por un sistema de intercambio monetario.
Los pocos que añoran volver al trueque como principal sistema de intercambio no se encuentran preparados para vivir en un ecosistema moderno. ¿Quién te va a cambiar un Iphone5 por 37 gallinas? Las necesidades y deseos de cada miembro de nuestras complejas sociedades puede llegar a ser tan diferentes que se llege a absurdos como ese. De ahí que sea fundamental mantener saneado nuestro sistema monetario. Una moenda por si misma (Euro, Dolar, Yen, Yuan) no tiene gran valor, es el valor simbolico que se imprime en ella el que la dota de utilidad. Para que ese valor simbólico no se pierda, debe de haber una confianza compartida por todos en la moneda que se utiliza. Cuando esa confianza se pone en entredicho, como está ocurriendo actualmente con el euro, el valor de la moneda puede depreciarse (hiperinflacción) o incluso llegar al colapso. Eso es lo que ocurrio con los marcos alemanes en la gran depresión de los años 20. Llegó ha hacer falta millones de marcos para comprar una barra de pan, antes de que su valor psicológico se extinguiera por completo.

En la depresión alemana de 1923
los fajos de billetes solo servían para jugar.
Siguendo con nuestra peculiar comparación entre economía y biología, las ciudades representan la culminación de los ecosistemas basados en el capitalismo. La ciudad es el biotopo, el medio físico en el que se relacionan los seres humanos. En las ciudades surge la biocenosis, representada por las diferentes clases sociales que forman la comunidad y entre las cuales surgen flujos de dinero (energía) y materiales. Las ciudades son un sistema artificial para el resto de seres vivos, pero es el medio ambiente "natural" en el que se desenvuelve nuestras vidas.

Y, hablando de ecosistemas humanos, no debemos olvidarnos tampoco de su necesaria coexistencia con los ecosistemas naturales. Con el crecimiento exponencial de la población mundial estamos poniendo en serio riesgo las propias posibilidades de la tierra para darnos cobijo. El consumo desaforado de recursos naturales (agua, carbón, petróleo, gas natural, madera, pescado, cultivos, minerales) llegarán tarde o temprano a un punto de no retorno. Si la población sigue creciendo como se prevé, a finales de siglo se habrá doblado una vez más, hasta alcanzar los 15.000 millones de personas, ¡15 veces más que en el año 1800!

Lo peor que le podría pasar a nuestra civilización sería llegar a una situación de colapso natural por extinción de especies y destrucción del medio como la que aún podemos observar en la Isla de Pascua:

Esta pequeña isla del pacífico de poco más de 15 km de lado y situada a más de 3000 km de cualquier otra tierra habitable, fue en su día un vergel repleto de especies y árboles. Su gran desgracia fue la colonización por el ser humano poco antes del 900. Solo unos siglos más tarde su población que había alcanzado los 15.000 habitantes, cortaron todos los árboles de la isla, lo que redundó en una pérdida de biodiversidad irreversible. Muchas aves dejaron de emigrar a esa región por la carencia de alimento, los suelos desprotegidos se erosionaron y perdieron la capa más fértil que permitía los cultivos. La escasez de alimentos acabó reduciendo en un 90% la población de humanos, que al no tener madera para hacer embarcaciones, se quedaron atrapados para siempre en la isla. Sin posibilidades de escapar y sin futuro, muchos de los supervivientes acabaron convirtiéndose en caníbales.
 
Imagen desoladora de la isla de Pascua. El caballo se ha
 introducido en época muy reciente. Los moais se han vuelto
a poner en pie para incentivar el turismo.
 Hoy existen evidencias de la irresponsable acción del hombre en Pascua: se extinguieron todas las especies de aves terrestres, desapareció de su dieta el atún y las marsopas (no tenían canoas para pescar porque acabaron con todos los bosques antes del 1400) incluso terminaron con las cocoteras hacia el 1500. Eso convirtió a los isleños supervivientes en seres pequeños, enjutos, tímidos y pobres, que se dedicaron a destruir su patrimonio, las grandes estatuas Moai, símbolo de una civilización que llegó a su apogeo.
Quede esto, como ejemplo de una sociedad que se destruyó a sí misma sobreexplotando los recursos del planeta.

1 comentario:

vandrés dijo...

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